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sábado, 24 de marzo de 2007

Espiral


Para que sea posible trazar una línea fronteriza imaginaria o virtual que separe lo supuestamente catalán de lo supuestamente español hay que hacer algo más que un depurado ejercicio de conveniente selección del pasado. Hay que cerrar los ojos y los oídos al salir de paseo por las calles. Otro sistema muy útil consiste en trasladar el problema al ciudadano obligándole a escoger entre dos platos que generalmente degustaría a la vez. Al ciudadano se le sirve diariamente una ración de conflictos de pertenencia en los que debe implicar, quiera o no, su lealtad personal. Día sí y otro también, el corazón del ciudadano está sometido a inacabables disyuntivas relacionadas con cualquier aspecto, importante o secundario, de nuestra vida civil: los usos lingüísticos (con su infinita casuística), banderas, policías, selecciones de fútbol, impuestos, autopistas, aeropuertos... "¡Qué malos son, cuánta razón tenemos, qué mal catalán eres si no te sumas a la petición!".

Obligar a una sesión diaria de gimnasia patriótica no es, y que me perdonen por la asociación, un invento pujolista; es exactamente, aunque de signo completamente contrario, lo que los mayores de 40 años vivimos en nuestra infancia. No-Do, películas moralizantes, radio, televisión, escuela: la formación del espíritu nacional.

Durante los últimos años, sin prisas pero sin pausas, el país ha dedicado su mayor esfuerzo a estas deprimentes disyuntivas que gastan nuestro humor, nos enfrentan a molinos de viento, nos dividen entre buenos y malos catalanes, y nos sitúan entre la espada y la pared.

Tratemos de intentar que el país se atreva a contemplarse tal cual es en el espejo.

Hay que romper la lógica nacionalista y declarar que cada hombre, cada mujer, cada niño, encarna a la humanidad entera allí donde se encuentre.

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